• Armando Van Rankin Anaya

Tres prismas teóricos para entender la desigualdad en Latinoamérica y la configuración del Estado

Armando Van Rankin Anaya*


De acuerdo con datos de la CEPAL, Latinoamérica sigue siendo la región más desigual del mundo. En 2022, suman alrededor de 214.7 millones de personas que viven en situación de pobreza. Es decir, al menos uno de cada tres latinoamericanos está dentro de esta categoría. La pobreza implica limitaciones a aspectos multidimensionales de la vida diaria que van desde el acceso desigual a los servicios sanitarios y educativos, hasta a los sistemas de procuración de justicia. También implica una capacidad reducida de hacer frente a las coyunturas como la pandemia, el cambio climático y los desastres naturales.


¿Cómo se puede entender la estratificación social dentro de un análisis histórico, sociológico, geopolítico y espacial de la formación del Estado moderno latinoamericano? ¿Qué es específico de la historia del Estado latinoamericano que ha reproducido continuamente la desigualdad social? El propósito de este breve artículo es hacer un recuento de tres enfoques teóricos (Neoweberianos y Neomarxistas) que explican la formación del Estado latinoamericano y la forma en la que explican la desigualdad como un factor de “ruptura”, “incompletitud”, o “fracaso” de la modernidad latinoamericana.


La guerra, la paz y el Estado moderno


El historiador Charles Tilly explicó que el Estado moderno occidental (Weberiano) tiene sus orígenes en la guerra. La rivalidad medieval tardía funcionó como el motor de cambio que condujo, por una parte, a la culminación de los Estados modernos con sistemas de recaudación de impuestos para financiar la guerra. Por otra parte, la guerra llevó a la concentración de la capacidad bélica de una sociedad en ejércitos dependientes de una autoridad central. Una vez surgido, el Estado actúa en defensa de un territorio que elimina los enemigos “internos”, a los que coloniza y, además, se protege de las amenazas externas.


Miguel Ángel Centeno ha utilizado el lente bélico para entender la formación de los Estados modernos latinoamericanos. Su argumento es que en Latinoamérica no se llevó a cabo este proceso de organización de la violencia interna a partir de una autoridad central. En consecuencia, al carecer de ejércitos sólidos y Estados eficientes que capturen recursos, la región se ha distinguido por tener pocas guerras internacionales. Centeno sugiere que el costo de esta “paz” entre Estados ha sido la debilidad de los mismos para construir fortalezas internas y lograr nacionalismos que integren a todos los grupos poblacionales que disputan el poder. Centeno explica que dicha falta de cohesión se debió a que los Estados se formaron y dirigieron desde las élites coloniales. Los conflictos sociales, políticos, raciales y regionales han prevalecido a lo largo del periodo poscolonial. En consecuencia, ha existido un desajuste constante entre la legitimidad del Estado y las llamadas minorías. El dominio político se ha expresado territorialmente, pero la sociedad y la cultura se han organizado en escalas diferentes. La desigualdad está fundamentada en dicha falta de legitimidad y tiene manifestaciones materiales, espaciales, políticas y culturales.


La desigualdad como parte del capitalismo global


La teoría de la “dependencia” es reconocida como uno de los enfoques periféricos más críticos para estudiar la formación del Estado latinoamericano. La hipótesis central de la teoría es que las regiones “periféricas” han generado relaciones de “dependencia” al exportar materias primas baratas a los países del “centro”, mientras que importan tecnologías caras de los países del “núcleo”. Argumentan además que existen alianzas estratégicas entre el “núcleo” y las élites de la “periferia” para que estas últimas utilicen mano de obra barata para fabricar bienes para el “núcleo”. Esta sistematización desventajosa de los modos de producción es conocida como la “división global del trabajo” (que además está racializada) y no permite que América Latina alcance el mismo nivel de desarrollo de clases del “núcleo”.


La desigualdad y el subdesarrollo regional se entienden así como el resultado sistemático del desarrollo de los “núcleos” mundiales. El desarrollo y el subdesarrollo son dos lógicas inherentes que van de la mano que permiten el funcionamiento del sistema capitalista internacional. Otras teorías de economía política de inspiración Marxista, como la del “desarrollo desigual y combinado” de Trotsky, han propuesto argumentos similares. La idea de fondo es que las necesidades imperantes del capitalismo repercuten de formas heterogéneas y jerárquicas en la formación desigual de las geografías políticas a lo largo del globo, sin mucha capacidad de maniobra por las semiperiferias y periferias para transformar la economía política global. Los Estados modernos son retratados como administradores de la desigualdad internacional y doméstica.


“Revolución pasiva” y falta de “hegemonía”


El marxista Antonio Gramsci sugirió dos conceptos binarios para entender la formación de los Estados modernos: “hegemonía” y “revolución pasiva”. Gramsci observó que en los países donde el capitalismo se estableció inicialmente, como Inglaterra, la “burguesía” logró construir un consenso completo entre los diferentes actores sociales. Se trataron de entidades políticas que lograron englobar intereses de los diferentes sectores sociales que crearon un marco institucional jurídico, político y económico que reproduce el capitalismo como modo de producción dominante. El Estado no sólo es instrumentalizado por la “burguesía”, sino por el conjunto de la sociedad civil, que de alguna manera se ha convencido de las virtudes del sistema a través de medios discursivos, mediáticos e intelectuales.


En contraste, en otros contextos originalmente ajenos al capitalismo, como Rusia e Italia, estos consensos “hegemónicos” han sido históricamente mucho más incompletos. En el caso de Italia, a finales del siglo XIX, las clases industriales del norte y los terratenientes del sur unificaron el país con la intención de emular las instituciones capitalistas de Europa occidental, pero sin el apoyo de grandes grupos de población. Como resultado emergieron entidades políticas ambivalentes: Estados en los que ni las “viejas” clases feudales ni las nacientes “burguesías" lograron construir una “hegemonía”. Es decir, la formación de dichos estados resulta ser una entre “revolución-restauración”, en la que, debido a la falta de consenso generalizado, se requiere una mayor coerción sobre la población para mantener el control.


Existe una fuerte tendencia de los académicos “neo-gramscianos” que aplican términos acuñados por Gramsci para explicar las transformaciones del Estado en América Latina. El argumento principal de estos autores es que los Estados, presionados por un contexto geopolítico de expansión del capitalismo, llevan a cabo procesos de remodelación del Estado que no logran consensos completos. Dicha falta de consenso es reprimida periodos por medio del autoritarismo o prácticas clientelares. Sin embargo, la “revolución pasiva” hace que los Estados sean profundamente frágiles y las relaciones de poder sean repetidamente renegociadas. Así, la desigualdad social es entendida como producto de la falta de cohesión, y los imperativos geopolíticos externos que obligan a reformar al Estado sobre estructuras sociales precapitalistas.


Estos tres marcos teóricos nos ayudan a dar cuenta que el problema de la desigualdad en América Latina, más allá del ámbito de políticas públicas, tiene raíces afincadas en la sociología histórica de la formación del Estado moderno en Latinoamérica. Se trata de un proceso histórico de conformación de clases sociales y espacialidades incrustado, además, en un contexto internacional de expansión del capitalismo.






*Actualmente candidato a Doctor en RI por la Universidad de Sussex, Reino Unido. Ha trabajado como investigador en el Centro para la Investigación para la Paz México (Cipmex) y como asistente de investigación para la Dra Maya Lorena Pérez Ruiz del Sistema Nacional de Investigadores.