• Arturo Sánchez Gutiérrez

¿Fallan las democracias?

Arturo Sánchez Gutiérrez*


Hace unos días, Jesús Silva-Herzog Márquez, profesor de la Escuela de Gobierno y Ciencias Sociales del Tec de Monterrey, trajo a colación un artículo de Stephen Haggard y Robert Kaufman sobre procesos de retroceso democrático en el mundo. El tema ya es preocupación de múltiples académicos, que buscan explicar dicho retroceso, en especial por la forma como gobernantes autócratas llegan al poder a través de mecanismos democráticos. ¿Qué tanto México está en la misma ruta de países que perdieron el ritmo democrático? Antes de esperar a la evidencia que lo confirme, es importante alertar sobre el estilo de gobierno que se ha impuesto y los riesgos visibles, a la luz de las experiencias de otros países.


La confluencia de fenómenos que facilitaron el boom democrático desde finales del siglo pasado, enfatizó las virtudes de la limpieza y transparencia de los procesos electorales, la creación de instituciones garantes de las elecciones y el fortalecimiento de los sistemas de partidos competitivos. Las premisas para la democratización eran las reglas básicas de la división de poderes en las que el Ejecutivo es observado y vigilado por el legislativo, además de el empoderamiento de la ciudadanía en una creciente exigencia de rendición de cuentas, acceso a la justicia y transparencia. Por un momento pareció diluirse la ambición unipersonal o unipartidista de imponer voluntades por encima de la pluralidad de opciones que surgieron en los países que transitaban a las jóvenes democracias posteriores al fin de la Guerra Fría. Además, el mundo globalizado permitía que las grandes potencias mantuvieran su lucha por la hegemonía geopolítica, unidos bajo el manto democrático y enfrentando a nuevos enemigos como el terrorismo, las luchas fundamentalistas y el tráfico de drogas y armas.


Para que las democracias sobrevivieran era necesario que la ecuación liberal se mantuviera y en el mundo global los Estados encontraran más beneficios para sus sociedades que conflictos y profundización de los problemas. Eso no parece haber ocurrido, pues las democracias no garantizaron las soluciones a los problemas estructurales de las jóvenes naciones (pobreza, desigualdad, violencia y corrupción), ni de las potencias que enfrentaban nuevos retos económicos que la globalización presentaba.


Sin embargo, desmontar democracias hoy no es tan fácil como en la época de los golpes militares de estado. De hecho, hoy ni siquiera hace falta acabar con los partidos políticos y eliminar las elecciones, para minar los avances democráticos. Uno de los problemas de las nuevas autocracias es justamente que nunca abandonaron el discurso democrático y realizan elecciones a su manera, como Nicaragua y Venezuela, pero bajo reglas cada vez menos apegadas a los principios democráticos. Por eso, Haggard y Kaufman centran su análisis en tres elementos que se presentan en procesos de reversión democrática. El primero es la polarización política y social, que divide a la sociedad entre políticas públicas alternativas, basadas en principios ideológicos contrarios. Ante la polarización, se construye la interpretación de los autócratas de “nosotros vs. ellos” que justifica hacer a un lado la ley para garantizar políticas populares, sin tomar en cuenta una visión de largo plazo.


El segundo punto tiene que ver con la captura del poder legislativo por parte del Ejecutivo, que abre la puerta al colapso de la separación de poderes. En un contexto así, la coalición de gobierno que se forma permite debilitar la fortaleza de las instituciones democráticas, afectar su autonomía e independencia y fortalecer mecanismos populares para legitimar decisiones populistas que tienden al fortalecimiento del autócrata. Finalmente, el tercer punto destaca la evolución gradual del proceso de reversión democrática, de manera que el gobernante incrementa paulatinamente la concentración de su poder y dificulta una reacción oportuna por parte de la oposición.


En realidad, las democracias no fallan de un momento a otro, sino que entran en procesos en el que nuevas formas autoritarias encuentran el apoyo del electorado para ejercer diversas formas de populismos, en un contexto en el que las políticas extremas encuentran justificación ideológica y social, sin importar su eficacia para resolver los problemas. La pregunta es si el debilitamiento de las democracias es un proceso reversible, sobre todo cuando se avanza en la destrucción de instituciones electorales. En clave democrática, la respuesta estaría en el electorado y en la acción proactiva de la ciudadanía y de la sociedad civil organizada. Con todo, las noticias no son muy alagüeñas. A los trabajos de Haggard y Kaufan se suman los informes, por ejemplo, de IDEA Internacional, que en un estudio reciente alerta sobre el hecho de que el número de democracias en retroceso se han duplicado en la última década.


La democracia mexicana no está en el catálogo de países analizados por Haggard y Kaufman, que retrocedieron en su democracia. Ciertamente los indicadores no son positivos cuando desde el Ejecutivo se busca debilitar al Instituto Nacional Electoral, se desatienden principios básicos de imparcialidad en la competencia partidista y se ordena al Congreso no cambiar ni una coma a las iniciativas presidenciales. Tampoco ayuda la creciente presencia militar en las actividades gubernamentales y el fomento cotidiano a la polarización desde las llamadas conferencias mañaneras. En el contexto internacional los indicios apuntan a la necesidad de estará alertas ante los cambios paulatinos que podrían construir un modelo de prácticas autoritarias a las que no debemos acostumbrarnos. De ahí la necesidad de fortalecer los derechos e incrementar la participación ciudadana.





*Actualmente, es profesor Investigador de la Escuela de Ciencias Sociales y Gobierno Tecnológico de Monterrey. De 1996 a 2003, en el entonces IFE, fungió como Titular de la Dirección Ejecutiva de Prerrogativas y Partidos Políticos, y posteriormente fue nombrado por la Cámara de Diputados como Consejero Electoral por el período 2003 a 2010. Posteriormente, en el actual INE, fue nombrado nuevamente Consejero Electoral para el período 2014-2017. De mayo de 2017 a diciembre de 2020, se desempeñó como Decano de la Escuela de Gobierno y Transformación

Pública del Tecnológico de Monterrey.




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