• Magda Catalina Jiménez

El movimiento social en Colombia, la multiplicación del descontento


Magda Catalina Jiménez*


Las emociones son parte fundamental de la política, al punto que el uso que se haga de ello puede determinar la acción de los actores involucrados. Si las elecciones mueven sentimientos que se reditúen en votos para algún candidato, los movimientos sociales entienden que las emociones son un recurso para hacer frente a algo que incomoda, en otras palabras, las emociones en la protesta son “el pegamento de la solidaridad que moviliza el conflicto”.


Así, descontento, hartazgo, molestia, rabia o indignación, son emociones que parecen caracterizar la movilización social en Colombia en los últimos años y que son interpretadas por parte del gobierno nacional como una respuesta reactiva y violenta que erosiona la democracia. Miremos más allá.


Pensemos en esas emociones como un recurso estratégico, usado por los colectivos y organizaciones sociales en Colombia con el fin de realizar diversos tipos y grados de protesta. Esta situación evidencia que la presencia de numerosas protestas son un síntoma de mayor calidad democrática, al tener la sociedad civil más protagonismo en los procesos de toma de decisión.


Desde 2019 el sistema político colombiano ha experimentado un aumento de la protesta social en el que cierto grado de descontento se ha transformado en una profunda indignación que terminó en el conocido Paro Nacional de 2021 o Estallido Nacional. Este paro tuvo consecuencias para el gobierno en cuanto a la estabilidad institucional, mientras que para el movimiento social, significó avances estratégicos tanto en sus repertorios de acción (cómo y de que formas salimos a la calle), tipos de demandas (por qué causas salimos a la calle) y, formas organizativas (quién y cómo lidera la protesta).


De esa manera, los movimientos sociales deben entenderse y explicarse en el tiempo en que estos se crean, conforman, afirman y actúan, es decir, el tiempo es un recurso para reflexionar sobre su sentido, acciones, o disputas con los gobiernos, con el fin de realizar los cambios deseados.


Así, la rabia actual que parece caracterizar al movimiento social colombiano es el resultado de un largo proceso de consolidación de colectivos y organizaciones sociales a lo largo del territorio, además de la maduración de formas de organización y conexión con movimientos internacionales que lo han reconfigurado en coordenadas más amplias que la dicotomía derecha/izquierda.



Primer episodio: Paro Nacional #21N


El ruido de las cacerolas se tomó el país. La molestia hizo volver la política a las calles, materializada en ciudadanos de todo tipo de orientaciones políticas, económicas, sociales, culturales y sexuales que decidieron protestar marcando 2019 como el año que logró condensar un movimiento social muy diverso pero masivo y cohesionado.


Las causas de la movilización no son de carácter coyuntural. Responden a problemas de vieja data que deben ser enfrentados más allá de reformas cosméticas, como la desigualdad económica, con efectos en aspectos laborales, financieros, educativos, tributarios, económicos, de salud, territoriales, de género e incluso culturales, que han erosionado una clase media emergente que se unió a la protesta al ver cómo se resquebrajan las ganancias alcanzadas.


Es importante señalar que los colectivos sociales apostaron a protestas pacíficas a medio camino entre la apuesta artística, la reivindicación social, la fuerza del mensaje y la innovación, en el que a través de repertorios de acción como: batucadas, cacerolazos, sinfónica y clase al parque, títeres en marcha, performances, sentadas en el aeropuerto o el carnavalazo, lograron articular múltiples demandas que emergieron en la transición política que significó la firma de paz con las FARC.


El éxito de la convocatoria demostró mejor capacidad organizativa en clave nacional que permitió que la protesta fuera efectiva, sentando a un gobierno en el que su gestión es percibida como incapaz de tomar decisiones en una Colombia en transición política; pero que insiste en gobernar, como en décadas anteriores, sin ver que hay una ciudadanía distinta, con mayor acceso informativo y con cierta capacidad crítica. Por ello crear la “Conversación Nacional” fue el resultado.


Segundo episodio. Protestando durante la pandemia 2020-2021


2020 estuvo lleno de esperanza respecto a los alcances que podrían lograrse frente al gobierno Duque. Sin embargo, la tirantez entre gobierno y Comité del Paro consiguió que, para el momento cercano a que se dimensionaran las consecuencias de la pandemia, el gobierno desviara su atención y tiempo a lo que debía resolverse por lo que la articulación alcanzada empezó a quebrarse.


El coronavirus encontró el movimiento social frágil en cuanto a la solidez organizativa alcanzada. En este contexto, se decretaron cuarentenas que frenaron la posibilidad de llamar a protestar, en el que el movimiento social osciló entre perder la oportunidad política lograda y un intento por mantener las ganancias. Las redes sociales fueron fundamentales para que el descontento no desapareciera.


Con miedo, incertidumbre y preocupación como resultados de la pandemia, el movimiento social siguió evidenciando la situación laboral, desempleo, muerte sistemática de líderes sociales y aumento de masacres en diversos territorios del país. Los reclamos llegaron a la calle, aunque fueron esporádicos y con un número menor de participantes.


Pese a lo anterior, la muerte de Javier Ordóñez, a manos de miembros de la Policía Nacional, desencadenó, entre el 9 y el 21 de septiembre de 2020, jornadas de disturbios y asonadas en algunos barrios de Bogotá y otras ciudades. Fue una respuesta violenta, desorganizada y alejada del movimiento social, a las tensiones señaladas y que evidenció la ausencia de acciones decisivas del Estado.


De la indignación se pasó a una rabia más profunda, (encabronamiento), que impulsó la convocatoria de un nuevo paro y es un antecedente del Estallido Nacional de abril de 2021, que se convirtió en un punto de inflexión para el movimiento social. Pero ¿qué lo permitió?


La decisión gubernamental de realizar una reforma tributaria y una al sistema de salud y pensiones, en plena pandemia, que afectaba a la clase media, se erigió como el shock moral que alimentó ese descontento y lo convirtió en un estallido emocional de enormes alcances. Voces enojadas se tomaron la calle por todo el país. El Comité del Paro volvió a activarse y convocó a una protesta que escaló en múltiples movilizaciones con diversos y estratégicos repertorios de acción que desde abril desafiaron y presionaron de forma abierta al gobierno.


Bloqueos, marchas, sentadas, formación de Primeras Líneas, toma de espacios públicos, reconversión de monumentos, así como el uso de múltiples repertorios artísticos, son testimonios de un enojo de tal envergadura que acciones violentas que habían disminuido en protestas anteriores, fueron significativas en esta ocasión y fueron respondidas por parte del gobierno con mayor fuerza.


El resultado: 63 muertes, la mayoría a manos de las fuerzas de seguridad, ocurridas durante las semanas de movilizaciones masivas. Ante la urgente situación el PNUD, la CIDH y el sistema internacional en general, llamaron a la calma e instaron al gobierno a cambiar la manera de lidiar con las protestas.


Para septiembre la protesta se fue enfriando. Mantenerla en el mismo nivel es agotador y las emociones que permiten la acción también se transforman. De esa manera, el proceso mismo de reactivación económica, la incomunicación entre Comité y gobierno, y el desgaste de la organización, han puesto la protesta en latencia, pero el movimiento social en búsqueda de otras estrategias de acción política.


Finalmente, el resultado de todo este proceso movilizador, fue la consolidación de los movimientos sociales como un actor determinante para cualquier gobernante que quiera dirigir el país. Pero con ello, viene el enorme reto institucional de desestigmatizar la protesta, entender que los movimientos sociales son un signo de salud democrática y disminuir el descontento.




*Cuenta con una maestría en Estudios Latinoamericanos de la Universidad de Salamanca. Es Docente investigador de la Facultad de Finanzas, Gobierno y Relaciones Internacionales de la Universidad Externado de Colombia. Trabaja en temas procesos políticos y electorales y las investigaciones se centran sobre movimientos sociales, participación política, accountability y política pública.





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APA 7: Jiménez, M. (2022, Febrero,28). El movimiento social en Colombia, la multiplicación del descontento. Global Lens.


MLA 8: Jiménez, M. “El movimiento social en Colombia, la multiplicación del descontento” Global Lens, 28 Febrero, 2022,


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